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martes, 1 de octubre de 2013

La ciudad invisible. Escenas del Gran Concepción





N°5 Arriba de la micro.

Me encuentro algo perdido. Necesito tomar una micro y no recuerdo exactamente cuál es la que me sirve. Sin minutos en el teléfono y con el extraño deseo de hacerme invisible por unos instantes, con ganas de desplazarme flotando por las calles de la ciudad, me subo al primer microbús que se detiene a dejar un pasajero en un solitario paradero de Avenida 21 de Mayo. Por supuesto, elijo el asiento de la ventana, más o menos al medio. Desde acá arriba la perspectiva de la calle es magnífica. 

Pongo algo de música en mis oídos y por momentos me da la impresión de estar frente a un videoclip grabado en esta ciudad, cuyos fragmentos tejen una historia de difícil interpretación dentro de mi cabeza. Una esquina, un gesto, un perro, un grafiti, un neón. La ciudad me comunica y yo me comunico con este monstruo del cual posiblemente solo seamos sus vísceras, o bien su sangre envenenada. El rostro dibujado en el aire por un nudo de cables sobre calle Maipú consigue sacarme de estas cavilaciones, impulsándome a mantenerme en circulación, aunque desconociendo el destino último que tendrá este recorrido. 

El viaje continúa con el vendedor de helados gritando a todo pulmón afuera de un supermercado de calle Prat. Afuera, una señora hace malabares para espantar un perro que le olfatea los pies, equilibrando casi una decena de bolsas en sus manos. Dentro de la micro, en tanto, los pasajeros comienzan a renovarse. Rostros anónimos descienden del que hasta entonces ha sido un espacio común, y son reemplazados por otros igualmente desconocidos. Pasar por el centro supone un acercamiento al corazón de la urbe, y tengo la impresión de que en cualquier momento presenciaré algo que me llamará la atención. No es difícil que esto suceda, y llegando al Paseo Peatonal Aníbal Pinto me encuentro con un par de carabineros en moto que han reducido a un hombre de baja estatura. Presumiblemente un lanza. Aunque en medio de ese desorden humano, de ese caos, que a ratos me parece fascinante, y en otras ocasiones, degradante, allí en medio, nadie parezca inocente del todo. Tampoco los carabineros. 


Me bajo en un paradero cercano a la Universidad del Bío Bío, cruzo la calle e inmediatamente me subo a otra micro. Intuyo las arterias que recorreré, y me genera cierto placer pensar en que seguiré alimentando mi mirada con las sugerentes visiones de aceras y galerías. A esa altura, ciertamente, estoy decidido a dejarme llevar por mi extravío. Paso frente a la Plaza Acevedo, donde un grupo de niños juega en medio de los dinosaurios a escala real. Algunos de los que parecen ser sus padres, por su parte, se toman fotos poniendo la cabeza en sus fauces. Recuerdo un episodio de algunos años atrás, cuando por algún motivo ya olvidado, comenzó a arder la cola del tiranosaurio, provocando la movilización de numerosas compañías de bomberos. La micro continúa bajando hacia el centro de la ciudad. 

Algo sucede al llegar al paradero de micros de calle Tucapel y Avenida Los Carrera. De allí arrancan los buses que van hacia las comunas de Coronel, Lota y Arauco. Un par choferes se trenzan a golpes ante la mirada de transeúntes y colegas. De cada diez manotazos, con suerte conectan uno. Nadie se acerca para intentar separarlos. Conociendo la nefasta reputación de estos sujetos -malos tratos a sus pasajeros, conducción irresponsable y comportamiento rabioso-,  es probable que a nadie le importe demasiado que se lastimen entre ellos. Creo comprobarlo al ver a dos estudiantes contemplando la grotesca escena y riendo a carcajadas. 

Me bajo de la micro y abordo otra en dirección contraria. El calor pasa poco a poco, la micro se llena y estoy decidido a llegar hasta Lirquén. Luego me vence el sueño y despierto llegando a Lirquén, cuando la señora sentada a mi lado busca algo en sus bolsillos. Finalmente, se cruza de brazos y se sosiega al fin. 


Doy un breve paseo por el Barrio Chino, como para estirar las piernas, y decido regresar. Tomo otra micro y entonces, en el camino comienza a oscurecer y a medida que me acerco a Concepción experimento unas ganas descabelladas de bajarme, de terminar a pie el recorrido que me devuelva a casa. Sin embargo, y como dicen algunos, la noche no asegura ningún retorno. Con todo, el monstruo urbano ha disminuido su ritmo, su intensidad. Aunque solo al pasar por la rotonda Paicaví constato lo evidente. La ciudad se ha vuelto líquida. Por su acuosidad navegan erráticamente algunos individuos que parecen querer desaparecer de la escena que contemplo, volver a casa, asistir a alguna cita, llegar hasta su lugar de trabajo, o simplemente echarse a andar a merced de las corrientes. 

Encontrándome a escasas dos cuadras del paradero de Avenida 21 de Mayo que marca el fin de mi viaje, ocurre algo. Otra micro, con la cual el conductor se ha enfrascado en una frenética carrera a lo largo del viaje, se detiene al lado de la máquina que me transporta, y al coincidir ambas en la luz roja del semáforo, la cercanía de esa otra micro me permite examinar detenidamente a sus pasajeros. Me parece, por un instante, estar frente a un espejo con algún grado de distorsión. Nuestras miradas se entrecruzan y funden como las de peces examinándose desde detrás de las paredes de sus respectivos acuarios. No somos prisioneros entonces. Pero tampoco libres del todo. Solo cuerpos anónimos que alimentan el flujo de esta bestia que nos acoge, acerca y separa, con una frialdad tan ominosa que cualquiera de nosotros, pasajeros todos, estoy seguro daría cualquier cosa por adelantar la incómoda escena, y que la micro continúe su andar, para bajarnos pronto y volvernos a sentir únicos, dueños orgullosos de nuestras soledades, al fin peatones caminando sobre la acera firme y no navegantes de una ciudad que desde detrás de los cristales no es más que un ruidoso paisaje.

Texto por Oscar Sanzana Silva.



martes, 2 de julio de 2013

La ciudad invisible. Escenas del Gran Concepción





N°4 Mirador en ruinas del Cerro Chepe.





En 1952, el escritor Daniel Belmar bautizó a Concepción como la Ciudad Brumosa:
(…) el otoño y el invierno eran duros, hostiles. Salían del océano, del río, de las altas copas de los pinos, y envolvían la ciudad en un manto de bruma, en un opalescente sudario de niebla, que, durante el día, mojaba el pavimento y los muros, goteaba desde las ramas de los árboles. Y en la noche, esfumaba el contorno de las cosas en un paisaje submarino y turbio, quieto, siniestro, por donde discurrían silenciosos y pálidos fantasmas apenas vislumbrados un instante bajo la luz borrosa de los focos.
Sí. Era una ciudad. Una ciudad brumosa.1

Tal vez uno de los mejores espacios para comprender la capacidad que tiene la bruma para definir la ciudad, sea el mirador en ruinas del Cerro Chepe. El siguiente es el relato de una excursión realizada en las primeras horas de la mañana, en condiciones de neblina intensa. 

Aproximarse a este cerro es allegarse al que parece ser un pasaje secreto, un lugar mágico, al que uno se interna (o al que, mejor dicho, se es conducido) en medio de una intensa búsqueda. La irrealidad que la densa capa de niebla otorga a este mirador lo reviste al mismo tiempo de un particular encanto: la sensación de no estar en ningún lugar. Se está sobre una ciudad que verdaderamente resulta invisible. Y no solo la ciudad de los vivos. Numerosos senderos que se pierden a la distancia, conducen a la polis de los muertos, a la necrópolis, enclavada a los pies del Cerro Chepe: el Cementerio General de Concepción. 


Se necesita ascender por un sendero que a ratos se vuelve un tanto difuso, sortear a los agresivos perros guardianes de las casas vecinas y, por supuesto, de estas ruinas. La bruma, otra vez la bruma, abre el paso a una primera revelación: la inmensa cruz que el entonces administrador del cementerio, Guillermo Otto, ordenó construir en 1933. La estructura posee una altura de 20 metros, y se encuentra instalada sobre una base de dos metros cuadrados. En dicha base existe una placa con el siguiente mensaje:
“IN MEMORIAM XIX CENTENAR RENEPTIONIS XXXIX MCMXXXIII”


Situada allí desde hace muchos años, con el objetivo de recibir a quienes regresan de su peregrinar a poblar la necrópolis, esta Cruz pareciera abrigar el eco de una compasión que en el resto de la urbe parece ausente. 

Es necesario continuar el ascenso, dejarse conducir a tientas por aquel sendero que continúa hacia lo incierto. La visión del antiguo mirador sugiere al caminante que desde sus ruinosas alturas bien podría contemplarse tanto el cielo como el infierno. Al igual que la Cruz, esta estructura de hormigón fue edificada por instrucciones de Guillermo Otto, en 1933. Posee una altura de cuatro metros, con siete metros cuadrados de base. 


El mirador está emplazado en una pequeña cima. Se sabe, pero además se intuye y se siente. Allá abajo existe una ciudad, una ciudad que la bruma se encarga de volver invisible. Y existe de igual modo el silencio, que se acerca y por un instante lo posee todo. Incluso al caminante. El espacio en su conjunto resulta absolutamente superado por su historia. Todavía sobreviven acá las voces de los muertos, y a ratos se escuchan con mayor claridad que las de los vivos. Nos hablan desde las faldas del Chepe, subiendo a través de sus senderos como lo haría cualquiera de sus visitantes. Y es que este cerro se encuentra en un lugar limítrofe, en una evidente zona de peligro. Su falda es la que separa las dos ciudades. La urbe de los vivos, la polis de los muertos. La cima, por tanto, pertenece a ambos reinos.

Algunos rayos de sol consiguen romper la densa capa de niebla. El avance entre el pastizal de gran altura, tan característico de los baldíos, se asemeja ahora a un extraño peregrinar entre las llamas de un pequeño infierno. 

El último terremoto destruyó la escalera de hormigón que posibilitaba el ascenso al mirador. La necesidad de subir hasta lo alto de esta estructura, salvaguardando la utilidad del mirador, motivó a algún visitante a confeccionar una improvisada escalera de madera. Después de todo, el Cerro Chepe nunca ha dejado de recibir visitas. Así lo atestiguan algunas botellas de licor dispersadas a la redonda, cuya soledad resulta a ratos desgarradora. La parte alta del mirador, curiosamente, se encuentra libre de desperdicios. Resulta difícil imaginar a algún borracho deambular entre estas soledades, en medio de este silencio, sin el riesgo de que la intoxicación culmine en un peligroso extravío. O en la muerte. Una caída, un atraco, una desaparición.



La escalera de palos parece a punto de derrumbarse. Quien decide subir por ella requiere por sobre todo audacia, determinación y deseos desbordantes de trepar a ese mirador en ruinas. Acaso para encontrarse a sí mismo contemplando una ciudad ausente, pues a esa hora de la mañana no se vislumbra ningún otro sentido. Entonces, nuevamente el espacio es el que desplaza al visitante. No se trata de ningún espejismo, sino más bien de un espejo. La interrogación es a uno mismo; el juego a encontrarse en las calles de una ciudad que emerge por momentos, para luego regresar a su brumoso anonimato. Es imposible que una sencilla cámara fotográfica pueda captar lo que significa el paso de las nubes sobre las ruinas, al mismo nivel del observador. No se ha inventado todavía el aparato que permita capturar con toda intensidad al silencio y su misteriosa estridencia. 



Una vez arriba, pudiera ser que la escalera de palos termine por ceder, o simplemente desaparezca sin más (lo que, por cierto, reforzaría más aun la mágica percepción del entorno). El visitante poco ágil, física, mental o espiritualmente, podría quedarse para siempre allá arriba, como dentro de una pesadilla, con una neblina dispuesta a devolverle cualquier interrogante hacia sí mismo. ¡He aquí lo más intenso! Bajar esa frágil escalera con la posibilidad de una caída que podría resultar aun fatal; devolverse a la irrealidad de aquel cerro y a la certeza de que no importa la dirección en que se inicie el descenso, pues algo indica que de cualquier forma todos sus senderos terminan en alguna ciudad de muertos vivientes.


Regresando desde el Mirador hacia la Cruz, y luego desde la Cruz al Mirador, pareciera que en aquel tránsito algo se desintegra. El sentido de la orientación, la brújula interior, se va al carajo como si fuera una especie de Triángulo de las Bermudas, recordándole una y otra vez al caminante que se encuentra en una zona limítrofe. Así también lo atestiguan y resumen las palabras del poeta Jaime Giordano, cuando en 1965 describió de esta forma la vista de la ciudad desde el Cerro Chepe:
(…) parece una inmensa fosa común donde los muertos yacen enterrados por el cemento y el barro… Lo más hermoso, plácido, espiritual e inquietante entre lo creado por el hombre en Concepción es su Cementerio. 2

Texto y fotografías por Oscar Sanzana Silva

(1)    Belmar, Daniel. 1952. Ciudad Brumosa. Santiago: Zig-Zag.
(2)    Jaime Giordano. 1965. Treinta años de poesía en Concepción. Concepción: Revista Atenea. 



martes, 21 de mayo de 2013

La ciudad invisible. Escenas del Gran Concepción


         


 
N°3 Pasarela inconclusa de la Remodelación Paicaví.


Desde aquí es posible observar de forma inmejorable el ritmo de la ciudad. En mi humilde opinión, creo que después de todo, le debemos un extraño agradecimiento a nuestras autoridades por su descuido. Me explico. Posiblemente, si esta pasarela no hubiese tenido otra utilidad que la libre circulación de personas y mercancías, habría perdido todo su actual valor estético, y lo gratificante que suele ser sentarse a mirar la ciudad desde algún punto, desde alguna “azotea”. Tenemos la urgencia de observarnos como seres humanos; analizar cada uno de nuestros movimientos, rutinas y comportamiento en la calle y tal vez en la intimidad de nuestros hogares. Me refiero a que cualquier persona en su sano juicio se cuestionaría nuestro quehacer como civilización si se sentara algunos minutos en esta pasarela, al lado de una pareja de pololos del Liceo Andalién, ubicado a un par de cuadras, o acompañado de algún vendedor de la locomoción colectiva que se toma un descanso. 
 
Pensada en un comienzo para unir ambas manzanas del conjunto de bloques residenciales de la Remodelación Paicaví, la pasarela comenzó a construirse paralelamente a los edificios, en 1965, sin que se terminase la obra. Este proyecto de urbanización corrió por cuenta de la entonces Corporación de la Vivienda, CORVI, y al margen de la pasarela en desuso, la Remodelación Paicaví es hasta hoy considerada uno de los mejores ejemplos de remodelación urbana1. 





El eterno vaivén

De día, el ir y venir, siempre urgente, de vehículos que circulan por la Avenida Paicaví. Los usuarios del transporte público amontonándose en los paraderos a primera hora de la mañana, y a partir de las seis de la tarde. El paso estridente de los coches de emergencia para uno y otro lado de la ciudad, concitando la curiosidad de los vecinos, que se asoman desde las ventanas de sus departamentos. 






Desde la vieja pasarela, es posible observar el interminable vaivén de la Rotonda que une las avenidas Paicaví y Los Carrera. Me gustaría indicar que este espacio en su conjunto se resignifica en cada jornada de movilización estudiantil, ya que constituye el punto donde convergen las marchas que vienen desde Concepción (UdeC), Talcahuano (Universidad Católica y Federico Santa María) y Collao (Universidad del Bío Bío), además de los secundarios que se reúnen en la Plaza Condell. En dichas oportunidades, el tránsito vehicular se suspende, y los lienzos, los puños en alto, las consignas y el carnaval furioso se apropian del espacio. La calle se reviste de colores, y de miles de seres humanos que detienen el tránsito, que paralizan la ciudad, en abierto desprecio de las instituciones y su orden. Y no es poca la gente que desde sus balcones y ventanas les expresa su apoyo, consciente de que el malestar y las ganas de cambiar esta sociedad es transversal.
 






La otra noche

De noche, al mirar hacia el centro, los semáforos, los avisos publicitarios luminosos en las azoteas de los edificios, sumados a los neones de locales nocturnos, parecieran ejercer una extraña fascinación sobre el observador. Aventurarse hacia esos confines supone una invitación a experimentar una nocturnidad bohemia, cuyo último reducto visible desde este punto lo constituye la Plaza Perú. No es difícil toparse con grupos de jóvenes que deambulan, incluso a altas horas de la madrugada, en errático y alegre peregrinaje. Por el contrario, volver la vista hacia la calle Bulnes, supone el encuentro con una perspectiva que agranda la ciudad, que la extiende por la Avenida Paicaví hacia los límites de otras territorialidades: el Concepción antiguo, la Laguna Tres Pascualas, el Barrio Norte, la Autopista que une a Concepción con el puerto de Talcahuano, etc. Aquella es, por cierto, la perspectiva de otra noche.




“Los que creen ver fantasmas son los que no quieren ver la noche”, dice el filósofo Maurice Blanchot. Desde la pasarela abandonada, hablando con toda honestidad, es fácil confundirse. Altas horas. El movimiento de vehículos ha cesado. Transcurren largos minutos entre el paso de algún coche y otro. La Avenida Paicaví parece, en este tramo, fantasmagóricamente vacía.  Por cierto, otra es la realidad, ya descrita, desde la Avenida Los Carrera hacia la Plaza Perú. Esta última avenida pareciera marcar un límite, una suerte de pasaje, de transición hacia otros mundos, hacia otras noches. Quien pasa por aquí a esas horas accede a una nocturnidad que no nace por la simple oposición al día. Se transita por esta otra noche como quien anda entre sueños, a la espera de alguna revelación onírica. La bruma que habitualmente se levanta desde la Laguna Tres Pascualas, pareciera proveer al caminante nocturno de un escenario favorable para tales revelaciones…, o para facilitar su extravío. El peligro potencial que se aloja en la ejecución de esta ritualidad, desde luego, corresponde a una parte esencial de la experiencia estética de la noche de Concepción, con sus trágicas desapariciones como mejor ejemplo. Pero me inclino a pensar que todo caminante-observador bien sabe a lo que va en búsqueda. Dejaré hasta aquí esta descripción, por supuesto, demasiado básica y aventurada, de esta perspectiva nocturna de la Avenida Paicaví.






¡Las ruinas nos pertenecen!

Como parte habitual de una ciudad que debe lidiar con terremotos y maremotos, tanto las ruinas como los sitios baldíos, forman parte del paisaje urbano. Allí donde un grupo de antiguos residentes de la Remodelación Paicaví han visto con malos ojos a esta estructura, otros grupos han sabido sacarle provecho y, en cierta medida, se han apropiado de este espacio, expresando en él su propia subjetividad. Me refiero a los graffiteros, los skaters, los parkours, o incluso los grupos de estudiantes, secundarios y universitarios, que utilizan la pasarela para compartir con sus pares. Por supuesto, existen individuos que utilizan este lugar como baño o basurero público. Sin embargo, constituyen excepciones. La mayoría usa la pasarela como un afuera dentro de la propia ciudad. Un extraño palco donde todos nos transformamos en testigos de lo que somos.
 





Es justamente la presencia numerosa de estos y otros grupos de habitantes y vecinos, la que permite recuperar estos espacios para beneficio de sus propios habitantes. No solo tenemos derecho a soñar una ciudad diferente, sino además el deber de transformar creativamente esta urbe con cada una de nuestras acciones, sobre la base de nuestras propias experiencias y sueños colectivos.




1 Fuentes, Pablo y Pérez, Leonel. 2012. “Formación del Concepción metropolitano a través de los grandes conjuntos residenciales. Aportaciones del urbanismo moderno”. Concepción: Revista Atenea, 505, 33-78.



Texto y fotografías por Oscar Sanzana Silva.




 



 

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